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Aprobar por suerte

Susana Gisbert en su blog “Con mi toga y mis tacones” y con la entrada titulada “Manías: Vicios ocultos” recogió hace unos meses el testigo de las anécdotas de las oposiciones que virtualmente le entregué con mi post “25 años desde que terminé la oposición” (que son ya casi 26). En este mío nos centraremos en el asunto de la… suerte.

Continuando con esta carrera de relevos y utilizando, con el permiso de Susana, su post como hilo conductor de este mío quiero añadir algunos de mis recuerdos a los suyos y tratar, pues ella lo trata, un tema que también surgió en Facebook hace unos días a propósito de algunos comentarios a mi post (el más leído de mi blog) “Notario más joven”.

Se trata del tema de la suerte en las oposiciones. Lo anticipo: no creo que nadie prepare oposiciones o al menos las de Susana, a la carrera fiscal, o las mías, a notarías, pensando en APROBAR POR SUERTE.

Cojines y mantitas

“También me vienen a la cabeza las imágenes de algún famoso desplazándose almohada en ristre porque no puede conciliar el sueño sin otro cojín que no sea el suyo o andando con una mantita a rastras”.

Yo tuve en jersey con un agujero en el codo (que llegó a ser un agujero con un poco de jersey), unos zapatos viejos que me ponía todos los días, un bolígrafo Parker regalo de mi abuelo Fidel con el que suspendí dos veces el dictamen, y un reloj Cauny de mi padre con el que aprobó notarías en 1961 y que treinta y cuatro años más tarde lo “volvimos a presentar” ante un Tribunal de oposiciones. Aquel viejo Cauny que mi padre compró de segunda mano, y muchos años después me regaló, me aficionó a una marca de la que tenemos cuatro relojes en casa.

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También tuve una chaqueta verde heredada de mi hermano que la compró en Barcelona en su Viaje de Estudios de Cou en 1983 y que jubilamos allá por 1995, después de mi primer examen aprobado, obligado por mi madre que me había rogado encarecidamente que tirara el jersey, los zapatos y la chaqueta si aprobaba el primer ejercicio de mi primera convocatoria. Lo hice y cumplí mi palabra, no sin antes fotografiarme para la posteridad con el atuendo completo.

Numerología

“Luego estaba la cuestión de los números. Como quiera que todo el mundo traduce la oposición a términos numéricos –cuántos años llevas, cuántos temas cantas, cuántas veces te has presentado- una acaba obsesionándose y llegó un momento que no podía ver una matrícula o el número de un autobús sin pensar si me sabía ese tema”.

Querida Susana, yo también sufría y sufro esa manía de los números. Aún hago juegos con los de  las matrículas de los coches durante mis largos viajes. La reina de las anécdotas en esta materia de la numerología, la cuenta José María Chico y Ortíz en su famoso “Oposita que algo queda” un libro que alguien se tendría que encargar de reeditar. Sin pretender tener la gracia de Chico, la anécdota era más o menos esta:

Congreso de Registradores.

Llegada al hotel de los primeros asistentes.

—Buenos días, Sr. Registrador número 1, su habitación es la 811.

—¡Hombre la 811” y comienza a recitar “El ascendiente que heredara de su descendiente…”

—Buenos días, Sr. Registrador número 2, su habitación es la 815.

—Gracias, ¿podría usted decirme cuál es la habitación del Sr. Registrador número 1?.

—Sí, es la habitación 811 y el Registrador número 2 comienza también a recitar: “El ascendiente que heredara…”

El primer artículo del Código Civil que yo me estudié, puesto que era el primero en aparecer en un tema, fue el último de todos, es decir, el Artículo 1976. Mis amigos y mi novia (hoy mujer), me hacían repetirlo como un loro (“Quedan derogados todos los cuerpos legales…”) hasta el punto de que temía cantar el tema y que al final llegara a atascarme y no me saliera cuando tuviera que hacerlo. Sigue siendo, sin duda, uno de mis favoritos, aunque nunca se me ha planteado su aplicación práctica, como es lógico, puesto que es la Disposición Final (y derogatoria) del Código Civil y han pasado 127 años desde su entrada en vigor.

Fetichismo

“Otra cuestión eran los amuletos o fetiches. Cualquier cosa podía serlo”.

Mi querido amigo Luis, el que me regaló la placa de la foto que preside mi sección Oposiciones, siempre me decía que yo era fetichista, pero no creo que lo fuera respecto de la oposición. Tampoco era ni soy supersticioso. Así que no fueron exactamente fetiches ni amuletos ni el Parker de mi abuelo, ni el Cauny de mi padre, que eran más bien una conexión con mis seres queridos, una forma de tenerlos conmigo en los momentos difíciles.

Tampoco lo era mi particular “Wilson”. Y es que como Tom Hanks en “Náufrago”, y el opositor es sin duda un náufrago sin isla desierta siempre a la deriva, yo también tuve a mi Wilson, pero sin huella de mano sangrienta y sin nombre propio. Aún lo sigo teniendo pero a buen recaudo porque mi Justito Junior siempre está queriendo apropiarse de él.

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Secuelas

El caso es que todas estas cosas acaban dejando secuelas. Seguro que mucha gente se ve reflejada si no en todas, en algunas de ellas. Y en muchas otras, que darían para unos cuantos estrenos más.

No me gusta hablar de secuelas. Todo deja secuelas. La vida es una secuela. Somos una secuela de nosotros mismos, un producto de nuestra propia evolución personal. Algo así vine a expresar en mi post “Yo quería ser Alcaide”. Tal vez la oposición sea una precuela de nosotros mismos.

O tiene truco o tiene explicación…..

A este respecto, me permitiré dar un consejito a quienes están opositando. Nunca creáis lo que os cuenten de alguien que lleva millones de temas por cantada, ni que aprobó en unos pocos meses. O es mentira y es como el numerito del perro y la mermelada de Ricky Martin en Sorpresa, sorpresa, que nadie ha visto aunque conoce a alguien que sí lo vio; o tiene truco y quien quiera que fuera llevaba estudiando extraoficialmente durante mucho tiempo antes.

Como punto de partida (y a este punto quería llegar en este post), diré que estoy completamente de acuerdo, meridianamente de acuerdo, con Susana.

Nadie estudia estás oposiciones para hacer quinielas. Nadie decide estudiarse los temas pares o los impares. Otra cosa es que te toque la quiniela de la suerte, que juegues tu baza cuando vas “justito”, nunca mejor dicho, y tengas suerte. Creo en una suerte relativa, creo en el empujoncito de la suerte, en tener el viento de cara, pero en la suerte-suerte, como la suerte de la lotería o los casinos, no creo en absoluto en materia de oposiciones a notarías.

Mi experiencia

Yo tuve suerte en aprobar un primer ejercicio, aunque tras aprobar el segundo, ya sin suerte, no aprobé el tercero, el famoso dictamen, regresando a la casilla de salida y pasando por la cárcel. Lo he medio contado en otro post, pero lo contaré aquí de nuevo y de principio a fin:

Empecé a estudiar el 26 de Septiembre de 1991. Tras mi primera convocatoria en 1994-1995, firmé pero no me fui a la de 1996-1997 y me presenté de nuevo a la siguiente que debió ser en el 98. Yo estaba con un pie dentro y otro fuera de la oposición, no conseguía volver a ser el opositor que fui en mi primera convocatoria y el primer ejercicio de la tercera convocatoria que firmaba se me estaba echando encima sin ser capaz de volver a estudiar con fluidez como antes lo hacía sin ningún problema.

Mi idea era ir a Madrid, sacar las bolas del primer ejercicio y retirarme. Pero se produjo algo que no tenía previsto: cuando tome la decisión de ponerle término a la oposición, de ir, sacar las bolas, retirarme y dejar la oposición, la tensión, los nervios, el miedo que me atenazaban desde hacía años (desde mi primer suspenso en el segundo ejercicio de mi primera convocatoria), desaparecieron y de repente me vi estudiando (¡por fin¡) otra vez como un bestia pero sin tiempo material para conseguir llevar (como lo había hecho en el 94) el primer ejercicio controlado.

Así que tomé una decisión para procurarme la suerte por la vía estadística o del cálculo de probabilidades: intentaría llevar preparado un mismo porcentaje de temas de cada saco (de cada uno de los cuatro sacos del primer ejercicio que no tienen todos el mismo número de temas), eligiendo mis temas preferidos, los que más artículos llevaban, los más fáciles y los que mejor me había sabido siempre y dejaría a la suerte (a la mala suerte) todos los demás que no me diera tiempo a repasar (los otros dos tercios de cada saco).

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Y así lo hice, consiguiendo llevar perfectamente una tercera parte de cada uno de los cuatro sacos. ¿Que qué pasó? Pues que mi afortunada mano extrajo tres temas de esos cuatro tercios de cada uno de los cuatro sacos que dominaba perfectamente y solo un tema de los que no tenía repasados desde hacía mucho tiempo, excepto, y esto resultó fundamental, los artículos del Código Civil que los tenía todos controlados. Imaginaos el subidón que experimenté cuando vi que “había tenido suerte” y que podría defender el ejercicio aunque con grandes problemas en el segundo de los civiles. Para no repetirme en mis explicaciones me remito a lo que ya conté en ese otro post del que os hablaba antes:

“Al sacar las bolas vi, que salvo un tema, podía defender el ejercicio y empecé a hablar. Mi mujer y mi madre que estaban fuera esperando a que saliera de la sala de examen, según pasaban los minutos y yo no salía se decían “está aguantado, está aguantando”. ¡Y aguanté¡ ¡Y APROBÉ¡ Aprobé aquel ejercicio y el segundo, pero no aprobé el tercero. A partir de  aquel día ya no volví a pensar seriamente nunca más en dejar la oposición. Unos 3 años más tarde, dos convocatorias después, acabé aprobando la oposición”.

El Tribunal fue consciente de que algo no muy normal había pasado, de que no era razonable que un tipo que llevaba siete años preparando, se supiera tan bien tres temas y que anduviera revoloteando por los Artículos en el otro (el segundo de los dos civiles que canté) marcando una diferencia tan ostensible en su ejercicio. Tal vez si el tema “malo” hubiera sido el tercero (el último de los “civiles”) en vez del segundo, no hubiera sido lo mismo y no hubiera aprobado. Tampoco creo que lo hubiera conseguido en un tema sin artículos o con pocos artículos, porque esos los tenía muy relegados en mis repasos y nunca hubiera podido hacer un ejercicio realmente compensado como el que me salió.

Esa fue toda mi buena suerte

A cambio de mi buena suerte de aquel día, me cayó encima un quintal de mala suerte, suspendiendo (tras aprobar el segundo ya sin cábalas con los porcentajes y los sacos)  un dictamen en el que solo había que suspender a tres opositores siendo yo uno de ellos. A cambio de esa buena suerte, cuatro años más de oposición y el premio final del aprobado en el año 2002. Esa buena suerte me costó siete años labrarla; defender ese cuarto tema, no repasado desde hacía meses, fue cuestión de trabajo, trabajo y más trabajo durante miles de horas de estudio y de COMPRENSIÓN (EN MAYÚSCULAS) de lo estudiado que fueron los que me permitieron sacarlo adelante sin más herramientas que los epígrafes del programa y los artículos del Código Civil a los que di toda clase de vueltas aquella mañana. Aquel día fue, después de todo, el día más importante de mi vida. ¡Qué gran decisión fue anotar los artículos de cada tema al principio de cada folio¡, ¡qué buena idea repasar artículos sueltos durante horas cuando era incapaz de estudiarme dos folios seguidos¡ Al final resultaba ser verdad la frase que tantas veces me dijo MAC, mi preparador: Justito, los temas te los sabes”

¿Entonces cuál es esa suerte de la que tanto se habla y que Susana y yo negamos? ¿Cómo se planifica uno para aprobar notarías por suerte? ¿Suerte o quiniela en los tres ejercicios? Lo siento, pero creo que eso no existe, salvo que llamemos suerte a empezar con la oposición en la Facultad o a que te convoquen la oposición cuando llevas sobre los dos años y a que no se esté celebrando una cuando empiezas y ya te añadas un año más a tu cuenta, o a ser más rápido que otro estudiando, o a tener mejor memoria a corto que a largo o a largo que a corto o mejor memoria fotográfica, o a tener mejor preparador de los temas o mejor preparador de dictamen, o a tener unos nervios más templados o mejor salud, o a no tener problemas económicos o a contar con más apoyo familiar, o a que te toque un número más alto o más bajo en el sorteo, o a que no toque el primer día cuando los criterios están sin fijar o el último cuando han cubierto el cupo que se habían fijado, o en un día de mucho calor, o cuando el Tribunal está cansado o después de toda una tarde esperando en el pasillo….

Entre los que aprueban antes no siempre están los mejores. Tampoco entre los que aprobamos después, estamos los peores. Lo mismo ocurre cuando llega el momento del ejercicio profesional, los mejores y los peores profesionales no son los que aprobaron antes o los que tardaron más tiempo en conseguirlo, respectivamente, porque de cara al ejercicio entran en juego otros factores bien distintos.

Los que aprueban antes pueden sufrir el sambenito del ¡qué suerte has tenido¡ No es más que una forma de expresarse, de reflejar alegría (o envidia) por el aprobado. Los que aprobamos después y sobre todo los que no lo consiguen sufrimos, sufren, mucho más que eso. Siempre pienso que me gustaría ver a los que aprueban en tres años con diez años de oposición a cuestas, pero lo que hay que pensar es que no somos todos iguales. Ellos tal vez no podrían con diez años de oposición y nosotros no pudimos aprobar en tres. Es lo que hay, es así, pero hay que entender el sufrimiento del que tarda en aprobar (o no lo consigue), lo mismo que hay que entender que el que aprueba pronto no se ponga en situación y no sea verdaderamente consciente de lo que supone triplicar o cuadriplicar el tiempo que tardan los que aprueban mucho más jóvenes. Esto ocurre en cualquier otra cosa de la vida, por mucho que digamos “te entiendo” o “ya me imagino”. Aquí no se entiende nada y no se imagina nada, salvo que lo hayas vivido en primera persona o en primerísima línea y eso que en el mundo de las oposiciones, veteranos y noveles conviven en el día a día, y aparentan pasar por lo mismo aunque el tiempo de preparación marque profundas diferencias en sus seres y estares.

Yo tuve suerte en un examen, pero no aprobé en aquella convocatoria. Aquel día, insisto, cambió mi vida pero aprobé dos convocatorias más tarde. Sin esa suerte lo habría dejado (estoy casi seguro…¡o mi mujer me hubiera dejado a mí……¡). ¿ Y si hubiera aprobado aquel dictamen en el que sobraban solo tres, me habría convertido en suertudo oficial? Tal vez si fuera así ya no lo contaría tan abiertamente. ¿Y si hubiera aprobado a la primera tras aprobar el segundo por los pelos (que no lo aprobé) y tener el día más inspirado de mi vida en un dictamen al que en realidad no llegué? ¿Fue un suertudo el último al que rescataron de la quema y que no debió ser mucho mejor que los tres que fuimos descartados? ¿Hay que tener un cierto grado de suerte en toda la oposición o al menos conseguir que la mala suerte te respete? ¿A menor edad de aprobado más suerte o menos mala suerte? Lógicamente no tengo respuesta, pero siempre he pensado que casi todos necesitamos algo de suerte, una cierta conjunción favorable de los acontecimientos. Solo unos pocos privilegiados no necesitan de ese ápice de buena fortuna. Lo demás es cuestión de una buena preparación y no de un programado cálculo de probabilidades.

Mi lista de los más jóvenes no suma más de 90 nombres de compañeros aprobados antes de los 25 años. Si yo contara (bueno, lo estoy haciendo) que después de ocho años, ya hecho una porquería y con el fin de ir a retirarme y dejar la oposición, opté por llevar bien la tercera parte de cada saco de los del primer ejercicio y que tuve suerte y me salieron tres temas que dominaba y que el cuarto lo defendí porque llevaba ya esos ocho años estudiando y que suspendí la oposición en el tercer ejercicio y me tragué cuatro años más de estudio, y me dijeran “¡que suerte tuviste¡” seguramente sería verdad, pero no se habrá entendido nada de lo que he querido explicar aquí.

Por supuesto, sé que este post dará lugar a que me vuelvan, nos vuelvan, a hablar de aprobados por suerte, a citar a Fulanito que tuvo suerte o a Menganito que solo se sabía la mitad del programa, pero anticipo que no me creeré la historia salvo que me la cuente, con pelos y señales, el propio suertudo.

Ánimo

Pero de momento, dejémoslo ahí, sin olvidar el aplauso para los héroes y las heroínas que hemos sobrevivido a libros, apuntes, neuras y manías. Y que las seguimos arrastrando como podemos. Porque, con todo, valió la pena. Y un aplauso extra a Justito el Notario, cuyo post sobre su aniversario opositoril fue la espita que abrió el gas de mis recuerdos.

Gracias Susana y me uno a esa expresión de ánimo a todos los que estáis en ello y ya sabéis que siempre quedará “La prueba de la manta”.

Hasta otra, Un abrazo. Justito El Notario. @justitonotario


 

4 comentarios

  1. No hay suerte que valga. Trabajo y trabajo. Nunca he opositado pero tengo una gran experiencia. Y efectivamente, aparece la dictadura de los números: 1200 para 20 premios, 3 exámenes, 250 temas, leyes que se derogan, artículos que varían…Y cinco años más y una novia menos después, el premio ansiado. Y la incertidumbre que ocasiona la posibilidad de que alguien que vale una inmensidad tenga que aceptar la derrota.
    Afortunadamente usted y él, mi hijo, han demostrado lo que todos sabíamos. Que vale lo que cuesta.
    Esto escribí el día del tercer examen, cuando lo dejé todo y pude acompañarlo.

    http://nuncaestardesilachicallega.blogspot.com.es/2012/06/la-carcel-de-papel_27.html

    • Buenos días César: Estamos de acuerdo. He intentado abordar el tema que no creo que está muy tratado (al menos por escrito) desde una perspectiva sincera y real. “Si, oiga, cabe algo de suerte, de viento de cara, pero no me diga usted que ha aprobado por suerte”. Esta sería la filosofía que he procurado transmitir principalmente a los muchos opositores que se interesan en lo que escribo. Gracias por la participación y el comentario, seguimos en contacto. Saludos. Justito El Notario.

  2. Fantástico!!
    Muchísimas gracias por utilizar (y mejorar mi post)
    Ganas me entran de seguir la cadena y hacer otro…voy a ir pensándolo. Y preparando ese abrazo desvirtualizador para dentro de nada

    • Querida Susana:
      Muchas gracias a ti. Creo que ha quedado bastante redondo. Largo tal vez pero eran todas las cuestiones que me salieron a propósito del tuyo.
      Tengo más temas en la recámara. Por ejemplo, eran más fáciles o difíciles las oposiciones de hace años? Preparadores no preparados…
      Este último tema es bastante delicado…
      Gracias por tu participación y el comentario. Un abrazo y hasta pronto¡. Justito El Notario.

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