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¿En qué puesto de la oposición me he quedado?

¡Qué pronto se encajan las buenas noticias y lo que cuesta muchas veces superar las malas¡ Si la cosa es buena, es positiva, es satisfactoria, prueba superada y a otra cosa mariposa. Aunque lleves tiempo, años, pensando en conseguir lo que tanto deseabas, en pocos instantes empiezas a pensar en los puestos…

¿Cuantas veces hemos oído los opositores a notarías (y supongo que a cualquier otra cosa) aquello de que “el último de una promoción es el primero de la siguiente”? ¿o lo de que todos nos conformaríamos con la peor notaría de España en el lugar menos atrayente para nuestros intereses o preferencias?

Pero, ¿es esto realmente verdad?

Cuándo se acaba la desesperación, ¿nos venimos arriba y comienza la ambición?

En  mi caso, no tardó en llegar (y lo digo en tono de broma…por supuestísimo…) ni 10 segundos.

Mi padre, que era Notario como yo (o más bien yo como él), se encontraba en Madrid aquel día de San Pedro y San Pablo de 2002 en plena celebración (Madrid, no mi padre) del día del Orgullo Gay (que es el 28, no el 29, aunque el 29 era sábado aquel año y al sábado se pasó el desfile). Por cierto, que el otro día me preguntaron que si existía homofobia en el Notariado, si suponía algún problema ser gay y ser o querer ser Notario. Por supuesto, respondí que no, que en absoluto.

Él me hacía la espera de las notas en el Colegio Notarial de Madrid, en la Casa del Dolor, mientras que yo la hacía con mi mujer en mi casa a unos 450 kilómetros de distancia. Actualmente no sé qué tiene lugar antes: si la colocación de las notas en el tablón (¿o se leen en alta voz?) o en la web del Colegio correspondiente donde acechan los opositores, sus preparadores, familiares y amigos. Paralelamente las gestorías notariales hacen su tradicional papel en estos casos.

Diría que a media tarde (había instrucciones estrictas de que nadie llamara a mi casa y ocupara la línea) sonó el teléfono fijo de casa y lo cogí casi en el acto, al primer tono, al medio tono en realidad.

Después de dos esperas de la nota final con resultado negativo, denegamos el derecho de admisión a nuestra casa (ya estábamos casados) a toda la familia y preferimos estar solos los dos esperando la buena (sí, esperábamos esta vez que fuera buena) nueva.

Justito -me dijo, mi padre-, ¡eres Notario¡”

Pensaréis que me revolqué por el suelo, soltando el teléfono por los aires, o que abracé a mi mujer hasta estrujarla o que di un grito huracanado por el balcón o que me desmayé o que me puse a llorar o que me arranqué los botones de la camisa.

Pues no, no hice nada de eso.

Lo que hice fue contestarle a mi padre:

“¿En qué puesto me he quedado?”

Al segundo de haber aprobado, ya no me valía irme al quinto infierno a cobrar la congrua sustentación. Nada de eso, quería saber en qué puesto me había quedado.

Cuando me lo dijo, ya sí que me vino al alegrón. Después de tantos años de oposición, de haberme costado tanto aprobar el dictamen, necesitaba ser algo más que el último de la convocatoria, necesitaba pasar el obstáculo con más holgura y quedarme en una posición más meritoria. Ni más, ni menos, por eso se lo pregunté: ¿en qué puesto me he quedado?

Satisfecho (satisfecho se queda muy, muy corto) por el aprobado y por el puesto, empezamos a recibir llamadas que duraron horas, visitas que no se iban, abrazos, besos, enhorabuenas, felicitaciones, a los del “ya sabíamos que ibas a aprobar”, a los del “te lo mereces”, o el “ya era hora”, o a los pelmazos del “¿me voy a trabajar contigo?”,  o a los del “yo siempre confié en ti” y a las demás verdades y a algún que otro cuento chino, porque cuando estás solo y abandonado no eran tantos los apoyos, ¿verdad?

Cuando cesó el ruido y nos bebimos la cerveza y el cava caliente que había por casa, mi mujer y yo nos fuimos a cenar los dos solos al restaurante castellano que había en la esquina de nuestra calle. Allí nos encontramos con unos amigos y todo empezó a ser como la cosa más normal del mundo.

Lo habíamos conseguido. Por fin era Notario. Diez años, siete meses, tres días y aproximadamente 8 horas después de haber empezado la oposición el 26 de Septiembre de 1991 (ya han pasado 26 años), era NOTARIO.

Por cierto, me quedé el 28 de 98, aunque lo que más contento me dejó después de dos dictámenes suspendidos, fue el conseguir la sexta mejor nota en el dictamen de entre los 32 o 33 aprobados en mi Tribunal (eran tres). Con ese puesto en mi particular bestia negra que fue el tercer ejercicio, vi colmadas todas mis expectativas y expiré (como opositor) tranquilo y satisfecho.

Seguro que como yo, llegará un día en que os acabaréis riendo de parte (no todo se olvida o al menos yo no lo he hecho) de lo que hasta ahora tanto (tantísimo) os hace sufrir.

Hasta otra. Un abrazo. Justito El Notario. @justitonotario


 

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