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Opozulo, oposicidio y más cartas de amor

Ha sido a través de las redes sociales, especialmente Instagram, cuando he empezado a escuchar en boca de los numerosos opositores con los que me relaciono, la palabra “opozulo” (¿u “opózulo”?) para definir el lugar en el que los opositores nos encerramos a preparar la oposición. Desde el mismo día del comienzo de la mi oposición el lejano 26 de Septiembre de 1991 (este año se cumplen 28 años, ¡qué horror¡) yo estudié fuera de mi casa, recluido, confinado, desterrado en el opozulo.

Oposicidio

De no haber estudiado fuera de casa, yo hubiera podido acabar cometiendo un“oposicidio”. Indudablemente lo del opozulo se va abriendo camino en la terminología de los opositores. Acabo de hacer una búsqueda en Google y he obtenido 228.000 resultados para opozulo. No ocurre lo mismo con ese espontáneo término de oposicidio que acabo de emplear, cuya paternidad reivindico aquí y ahora, puesto que he obtenido solamente 188 resultados y ninguno vinculado a la definición de oposición a que se refiere este post (salvo el primero .. que es el enlace a este post que hoy republico reeditado). Los oposicidios de Google son relativos al otro gran significado de la palabra oposición.

Oposición:

“Serie de pruebas o ejercicios a que son sometidos los aspirantes a una plaza de empleo público para que un tribunal examinador seleccione a los más aptos”.

“Conjunto de fuerzas políticas o sociales que son adversas a un gobierno o autoridad; especialmente, conjunto de diputados de un parlamento no pertenecientes al partido o partidos en el poder, que critican las actuaciones del gobierno y proponen alternativas“.

Mi cabeza asocia instantáneamente la oposición y los opositores con exámenes; las acepciones políticas de oposición y opositor son para mi secundarias. Por eso siempre sufro un momentáneo despiste y estupor cuando escucho noticias de este tipo, hasta que caigo en que se refieren a los otros opositores.

Puesto que soy el inventor de la palabra oposicidio, la voy a definir así:

Oposicidio:

“Desistir o renunciar a seguir la oposición que se había iniciado”.

“Atacar, sin premeditación, a quien interfiere en el estudio del que oposita”.

Yo anduve muy cerca del oposicidio, en la primera acepción, entre mi primera convocatoria que suspendí en el segundo ejercicio y mi tercera que suspendí en el tercero (con una convocatoria de por medio que firmé y a la que no presenté). Mis padres y yo mismo intuíamos en mi una clara tendencia al oposicidio, por lo que desde el principio de mi oposición quedé condenado al opozulo. No ocurrió lo mismo con mi hermana, también opositora a notarías y hoy Notario, que siempre estudió en el domicilio familiar, atendiendo el teléfono y recibiendo a las visitas sí es que era necesario hacerlo. ¡Qué injusta es la genética¡, aunque el opozulo, después de todo, me proporcionara también buenos ratos, alternativas y posibilidades que fui descubriendo con el paso de los años. Ahí lo dejo.

Mis opozulos

Mi primer opozulo fue un piso de alquiler. Allí estuve, aproximadamente, la  mitad de la oposición. La otra mitad la estudié en un piso desocupado propiedad de mis padres.

En aquellos pisos disponía de un “kit” básico de estudio y de pocas comodidades. En el de alquiler tenía una habitación con un somier, un colchón con su funda y su sábana bajera, un par de almohadas y algunos cojines. Solía estudiar tumbado y apoyando los pies en la pared que fue tornándose negra por mi costumbre de andar siempre descalzo. Las pelusas campaban a su aire por los rincones de aquel piso. Me costaba trabajo agarrar la escoba para deshacerme de ellas. En otra habitación tenía un viejo sofá en el que me tumbaba a menudo y una manta. También una mesa compuesta por una tabla y un par de caballetes. En la nevera tenía poca cosa. Nunca he sido de comer entre horas, ni de los de las cinco comidas. De hecho en el segundo piso ya ni la tuve. A pesar de la cama y el sofá, mi postura preferida para estudiar era de pie y caminando. He caminado kilómetros, hubiera reventado el Whitings o cualquier otra App que me computara los pasos. Era como el oso polar que había en el Zoológico de la Casa de Campo de Madrid, con sus círculos viciosos siempre en la misma dirección. También tenía un viejo calefactor al que no le funcionaba una de las resistencias y un ventilador. Con ellos soporté casi 11 otoños, 11 inviernos, 11 primaveras y 11 veranos.

Al segundo piso de opositor, a mi segundo opozulo, me llevé mobiliario viejo de la notaría de mi padre. Una antigua mesa de oficina con su silla con ruedas y un sofá que aún sobrevive después de varios tapizados. En ese sofá mi hermana duerme la siesta en su notaría los días de elecciones. En aquel opozulo dejé de tener cama. Probablemente di cuatro millones de vueltas al salón de aquel piso con vistas a la nada cuando empecé a estudiar en él y que luego quedó inmerso en una zona completamente urbanizada de la ciudad.

En mis opozulos solo me torturaba la propia oposición con sus miedos e incertidumbres (que llegaron a costarme una prueba de la manta), la vecina de al lado y el vecino de abajo. La de al lado escuchaba la banda sonora de Grease todas las mañanas de los sábados y el de abajo tocaba la trompeta, de vez en cuando, pero más bien en plan “quinto levanta, tira de la manta” que en plan Louis Armstrong. Desde mis “opozulos” escribía cartas, más bien desesperadas, y recibía las de mi novia, hoy mi mujer, que siempre estaban rodeadas de un cierto misterio.

La carta de amor desde el opozulo

En esta carta de hoy mi novia, también opositora, me hablaba de los objetos con nombre propio que habitaban su cubículo de opositora:

Evaristo me está viendo escribirte. No te conoce muy bien. Le he estado contando cosas sobre ti pero no se fía mucho de lo que le digo, piensa que nos estamos conociendo. Tu ten en cuenta que lleva muy poco en casa. No es muy activo que digamos, así que lo cambio de sitio de vez en cuando. Desde la mesa no puede ver toda la habitación.

evaristo cactus

A Manolo le hablo, pero casi no se inmuta. Veo que está feliz de estar en esta casa. De todas las que le podían haber tocado parece la más cercana a su propio habitat: el campo y la tierra. Creo que con el único que habla es con Michelangelo, pero cuando yo no estoy.

Vuelve pronto. M.”

Hace poco me encontré con otra que casi no recordaba en un archivo de word. También la rescaté para mi blog.

Hasta otra, un abrazo. Justito El Notario. @justitonotario


 

4 comentarios

  1. Mi opocueva era el segundo piso de la casa de mis abuelos, él ya fallecido por aquel entonces, y ella a cargo de mi madre y mis tías a causa de una enfermedad; el piso era muy luminoso y amplio por lo me daba grandes paseos sin llegar a lograr ninguna marca personal, como siempre estuvo habitado me preparaba continuamente cafés y mejunjes raros para espabilar y alcanzar la tan esquiva concentración; pero lo que más recuerdo, aunque no con nostalgia, era el friazo que hacía y mis ilustres visitantes que se acercaban a curiosear por la noche, coincidiendo mayormente con las vísperas del día de cante, pequeños ratoncillos atemorizados ante una humana que hablaba sin parar.
    Un saludo

    • Estimada compañera:
      ¡Creía que me ibas a hablar de otro tipo de presencias¡ Desde luego que los que nos oyeran hablar sin parar al otro lado de las paradas debían de alucinar. Quince años después y a fuerza de recordar la oposición para mis posts, me sorprendo de haber sido capaz de aguantarlo.
      Gracias por la participación y el comentario. Un abrazo. Justito El Notario.

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  2. Creo que habría que dignificarlo llamándolo opoapartamento, opozulo es demasiado duro. un abrazo

    • Estimado Rafael: Cualquier cosa con zulo en España, no suena bien. Es verdad. Propongo opocueva. Un abrazo y gracias por la participación y el comentario. Justito El Notario

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