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clientes que vuelven pero no firman

Clientes cíclicos (y algún desalmado)

Hay clientes que vuelven (y vuelven y vuelven…) siempre con el mismo asunto. Te los plantean casi igual cada cierto tiempo, se repiten casi regularmente cada temporada. Son los clientes cíclicos que aparecen y desaparecen como el río Guadiana.

Se levantan una mañana y les viene el asunto a la cabeza o lo hablan con la mujer, el hermano o el socio. ¡A ver si hacemos esto de una vez¡ o ¡a ver si nos quitamos eso de encima y le sacamos algo¡, ¡que lo único que tenemos son gastos¡ Alguno con total franqueza puede llegar a decirte que ha terminado de desayunar esta mañana y ha pensado “me aburro; voy a ver si soluciono papeletas”.

A veces el asunto se les enquista por falta de acuerdo, porque no quieren gastar o pagar muchos impuestos o porque tiene una solución que no está clara, aunque alguien siempre suele haberles dicho que sí que la tiene y que ha de procederse “de tal modo”.

Mis cíclicos

Ese que te encarga la disolución, liquidación y extinción de una sociedad que nunca acaba de hacer porque pretende eludir unos impuestos ineludibles que cada vez que se encuentra con su hermano retoma la idea y que me formula luego a mi la misma pregunta: “¿pero tendremos que pagar el IVA?” Yo entonces recurro a mi carpeta de Outlook “En el tejado de otros”, busco el asunto, le contesto lo mismo que la última vez, quedamos en que me traerá papeles, en que me llamará su asesor o su sobrino que ya tiene resuelto un caso idéntico en otra notaría y en que yo estudiaré el asunto (una vez más). Nadie hace nada y el asunto queda aparcado hasta un nuevo calentón, hasta un nuevo ciclo.

clientes cíclicos

También están los que preguntan si le donan a los hijos sus bienes o mejor esperan a morirse (esperan los hijos, claro). Aquí también pides que te traigan las escrituras para hacerles unos números y un presupuesto, les recuerdas que cuidado con la renta y que los impuestos pueden cambiar de la noche a la mañana y les aconsejas que lo hablen en familia. Estos tampoco suelen traer nada y tú esperas a la próxima vez en que el tema les vuelva a preocupar o a desvelar de nuevo.

Los que nos saben como repartirse la herencia también te ocupan tu tiempo. Entre que no saben y que no quieren gastar, siguen eternamente sin hacer la repartición como ellos dicen. Precisamente a la vuelta de las vacaciones de verano, cuando hay más tiempo sobrante y los clientes escasean, suele ser el momento en que desempolvamos viejas herencias que no logramos finiquitar: la de la fragua, la de los toneles o la de la indómita.

Por supuesto están las clientas cíclicas y al tiempo misteriosas, como mi querida Señora Misteriosa (y su eterna pregunta de si puede donar sin su marido la mitad de un bien ganancial), los que te preguntan sobre cuestiones que no son de tu competencia (y pueden llamarte además cada vez que se les ocurre algo nuevo) y los de los excesos de cabida que no se deciden a emprender el expediente y vuelven una y otra vez con su asunto. Tengo uno que se enfada cuando no recuerdo su asunto. Este volvió y volvió tanto que ya no me hace falta mirar mis notas. Yo le respondo de memoria y él continúa enfadándose.

Todos llegan con ese “¿te acuerdas de lo que te pregunté?”. “No, no me acuerdo. ¿Tú crees que puedo acordarme de todo lo que me preguntan? – les respondo a la gallega. Pero, “¿no te acuerdas?”, insisten. “¡Qué no (¡coño que no¡, me dan ganas de decir) que no me acuerdo¡”. Llevar 11 años en la misma plaza tiene también estas cosas y eso que Don Antonio Uribe decía que esto que hago no debía hacerse, que había que tener más paciencia que Job. Tal vez Don Antonio no estuvo 10 años en el mismo pueblo o tenía muchas más paciencia que yo para enfrentarse a estos clientes ciclotímicos.

Aconsejo establecerse una nemotecnia organizada para estos Guadianas notariales. En mi caso utilizo esa carpeta en el Outlook que se llama “EN EL TEJADO DE OTROS”, así como otras tres llamadas “ESCRITURAS QUE NO SE FIRMAN”, “ESCRITURAS LISTAS PARA FIRMAR” y “ESCRITURAS PENDIENTES DE REPASAR”, en las que suelo localizar el asunto por el que me preguntan con cierta facilidad y así, mientras me lo vuelven a contar, voy adelantando por la izquierda al consultante cíclico. Se sorprenderían de la cantidad de asuntos que tengo en esas carpetas. Suficiente para tomarme un año sabático…

El último cíclico y, además, desalmado

No me resisto a referirme al último cíclico que ha pasado por mi despacho. Se trata de un sujeto que quiere tramitar un expediente de los complicados y poco habituales. Vino en varias ocasiones a la notaría donde se le dijo que su asunto requeriría por su complejidad un abogado puesto que el estudio previo y la evolución del expediente ya firmado excedía de lo que en la notaría podíamos y debíamos hacer. El sujeto comenzó picoteando por el registro competente desde el que se llamaba a la notaría para efectuar alguna consulta en la que colaboramos y acabó aconsejando al sujeto tramitar el expediente que desde el principio parecía que tendría que iniciar. Después el asunto se olvidaba y reaparecía, reaparecía y se volvía a olvidar. Gracias a mi carpeta de Outlook, yo recuperaba fácilmente la información y las notas del asunto y no perdía más tiempo en volver a estudiarlo cuando volvía a emerger. Por fin, un día el interesado se decide a comentar el caso a un abogado especialista que se lo encauza, se lo explica y se lo presupuesta. El cliente lo entiende todo y efectúa el encargo de trabajo con una sola palabra que no dejaba la menor duda: HÁGALO. Y el abogado lo hace y lo manda perfectamente hecho a la notaría y al cliente. También lo envía al registro que en pocos días da su “aprobación” sin pedir que se cambie ni tan siquiera una coma. El abogado pide cita en mi agenda y se la damos y cuando habla con el cliente para fijar fecha y hora, el cliente se descuelga con que ahora le parece caro el presupuesto y con que, aunque el resultado no estuviera garantizado (cosa que sabía y hasta esperaba), consideraba que el presupuesto incluía no solo el actual trámite notarial y registral, sino también el judicial que pudiera tener lugar caso de fracasar la vía iniciada. El abogado le explica que “¡cómo va a estar ese eventual procedimiento en el presupuesto¡”, “usted sabía, porque se lo expliqué y lo comprendió, que no hay garantía total de éxito y que si había una fase judicial ya llegaría el momento de organizarla y presupuestarla”. El tipo no entró en razones y parece que no se pondrá en marcha el expediente. El damnificado es el abogado que ha empleado mucho tiempo en preparar un documento de alta calidad que no está al alcance de muchos profesionales; nosotros, la notaría y el registro, hemos empleado nuestro tiempo en algo que no se va a hacer y ese desalmado se sale con la suya porque piensa que el trabajo realizado no cuesta lo que cuesta y porque cree que cualquiera lo hubiera realizado. Está usted muy equivocado, querido Imbécil. Arrieritos somos y en el camino nos encontraremos. Se salva usted de que yo no hubiera recibido el encargo de trabajo, porque de haberlo hecho, tendría usted una reclamación por el importe de la mitad de mis honorarios. ¡Que asco de gente¡ Estoy muy enfadado.

Hasta otra. Un abrazo. Justito El Notario. @justitonotario


 

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