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lisboa un libro de fernando pessoa

“Lisboa” de Fernando Pessoa

… Unos días antes de emprender un nuevo viaje a Portugal, leo a Pessoa 

La presentación escrita por Miguel Ángel Flores de esta edición de 2013 de Casimiro Libros de la obra “Lisboa” de Fernando Pessoa, empieza diciendo que:

“El hallazgo causó asombro: los admiradores del poeta, que ya son legión en el mundo, no daban crédito a la noticia: al hurgar entre sus papeles, una investigadora encontró una guía de la ciudad de Lisboa escrita por el mismísimo autor de los heterónimos: Fernando Pessoa“.

Se trata de una guía turística o de viaje sobre Lisboa escrita por Pessoa en torno a 1925. Son apenas 80 páginas (más las 14 de la presentación) en una edición de pequeño formato que han provocado en mi como turista (aunque me gustaría y lo intente, no creo que alcance nunca la categoría de viajero) y, sobre todo, como amante de Lisboa, unas sensaciones que no esperaba tener.

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Viajes sosegados

La primera de todas es la sensación de un tiempo, de una época, en los que se viajaba despacio, sosegadamente, de un modo que solo debía estar al alcance de unos pocos. Viajar entonces debía ser casi inaccesible y la duración de los viajes sería proporcional al tiempo invertido en el desplazamiento. Pessoa comienza hablándonos de viajeros que llegan en barco, en muchos casos después de largas travesías; de viajeros que buscan hotel al llegar a su destino, sobre la marcha, y que cogen un vehículo para visitar la ciudad, en una época de coches pero también de carruajes.

Lisboa, ciudad verde

Tengo que prestar atención la próxima vez que visite Lisboa a los parques y jardines, porque no tenía la impresión de que fuera una ciudad tan verde, aunque tal vez algunos de los muchos que menciona Pessoa ya no existan. Pessoa que, literalmente, consumió su vida por tabernas y cafés, habla, sin embargo, profusamente de los parques y jardines de su ciudad en el libro.

Los había “con gran número de estanques, una gruta, invernaderos, una biblioteca al aire libre, un foro, diversiones para los niños, un buffet, una colina artificial, estatuas, animales de cerámica…” como el Jardim da Estrela, con elementos que parecen más propios de esta época que de aquella o es que tal vez estemos profundamente equivocados en muchas cosas pensando que las hemos inventado nosotros cuando existían hace casi cien años. Ya entonces se celebraban las fiestas con fuegos artificiales, abundaban las salas de exposiciones y los conciertos y disfrutaban (ya en 1861) de un observatorio astronómico.

Museos

Pessoa describe minuciosamente buena parte, tal vez todos, los Museos de la ciudad de la época. Museos visitables en horarios restringidos y también fuera de horario, normalmente gratuitos o con entrada por un escudo, a los que se accedía en ocasiones sin más que un permiso especial aunque fácilmente obtenible, casi en el acto, y protegidos y amparados por grupos de “Amigos de los Museos” que ya existían en aquella época.

A Pessoa le parecía que lo natural era que la entrada a los Museos fuera libre. ¿Y a quién no? ¿Verdad?

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Gastronomía Cero

A uno que como yo que viaja para callejear y mirar sin detenerse demasiado, curioseando, y sobre todo beber y comer bien, le llama poderosamente la atención en este mundo actual en el que todos somos cocineros antes que frailes, que Pessoa no dedique prácticamente ni una sola palabra a esos cafés y tabernas que tanto frecuentaba y en las que se machacó el hígado hasta morir de un cólico hepático. Ni una sola mención a un restaurante, salvo la que genéricamente hace a los de la Rua do Ouro, que deben haber sido sustituidos por más bancos, a algunos buffets o al Club de los Restauradores que no deja claro lo que era o todavía es, ni tan siquiera a una fonda o a una casa de comidas. Nada de nada. Ni tan siquiera menciona A Brasileira donde todas las guías actuales nos dicen que pasaba buena parte de sus horas. Pessoa prefería sin duda y así lo hace, escribir de lo artístico y monumental de su ciudad, que conocía y describe a la perfección. Tal vez pensaba que lo gastronómico no trascendería jamás.

Camoes

Quien le iba a decir a Pessoa que él mismo quedaría convertido en pequeña estatua a la entrada de su café favorito, junto a la Praça de Camoes, en la que “una legión de visitantes emplumados se disputan las hojas en invierno” al lado del monumento de once metros de altura dedicado a Luis de Camoes, el otro gran poeta nacional, que Pessoa nos describe con detalle en el libro. Igualmente nos detalla muchos otros conjuntos escultóricos desperdigados por toda la ciudad a lo largo de su pequeña obra.

Vistas

No deja Pessoa de mencionar unos cuantos lugares en los que disfrutar de buenas vistas, numerosas en Lisboa gracias a sus 7 colinas como las que hay desde la Basílica da Estrela  o desde un poco más arriba, tras subir una escalera de 212 peldaños.

Los Jerónimos y Torre de Belém

Frente a la imagen de San Jerónimo en su capilla, Felipe II de España exclamó: “¿no me hablas Jerónimo? La columna central de la sacristía merece contemplarse durante un buen rato. Una visita a los Jerónimos debe tomarse su tiempo, “si de verdad se le quiere llamar visita”. Ensimismarse con la bóveda del transepto que “no sostiene columna alguna” o con el claustro, “uno de los mayores del mundo”, y luego salir a la maravilla de la arquitectura oriental que es la Torre de Belém y disfrutar (tras subir otros 123 escalones) de las vistas del río y del océano Atlántico.

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Recorrer “Lisboa” con Pessoa

Leyendo “Lisboa” dejas de pensar como turista y quisieras convertirte en un viajero, en viajar a Lisboa sin fecha de regreso, con un billete abierto y recorrerla con el libro en la mano, paso por paso, hasta donde se pueda, teniendo en cuenta que han pasado casi 100 años desde de que fuera escrito.

Parece que viajar es un invento reciente y claramente no lo es, aunque tal vez Pessoa escribió un libro imposible, un libro que sabía que no iba a ser leído, un libro que solo se leería décadas después de su muerte, un libro intemporal, obra de alguien que tal vez tenía la visión de que solo triunfaría años después de su muerte y que dejó casi toda su obra, y también este libro, en un baúl que se encontró y abrió pasadas varias décadas desde su muerte. O tal vez no … o todo lo contrario, porque el libro contiene una inesperada alusión a que la guía se imprimió (aunque realmente no lo fue) en Imprensa Ltda.” de Lisboa.

Como dijo Teresa Rita Lopes (profesora de literatura y experta en Pessoa), Lisboa rima con Pessoa. Pessoa, que a la vuelta de su juvenil estancia en Durban (Sudáfrica) donde su padrastro era Cónsul de Portugal no volvió a alejarse más que unos pocos kilómetros de Lisboa, tendría que poder volver a este mundo unas horas para ver su legado y a su ciudad.

Me quedo, por último, al leer “Lisboa” con la percepción de la grandeza que siempre ha tenido Portugal,  de su poderío naval y militar (ahora hasta gana Eurocopas y Eurovisiones), con esa contraposición del Portugal continental al resto de sus posesiones más allá de la península (que fueron muchas) y que me recuerda a la nuestra entre las Españas y el Ultramar. También he tenido conciencia del antes y el después que debió suponer para Lisboa el gran terremoto de 1755.

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Incluso me han entrado ganas de leer sobre otros temas portugueses, como el de las dinastías reales del que poco sé desde que España y Portugal dejaron definitivamente de ser una misma cosa allá por el año 1640.

El final

“Lisboa” termina de golpe, se acaba de repente, generando una imperiosa necesidad de seguir recorriendo la ciudad allí donde lo dejó Pessoa, para que cada uno le escriba al libro su particular final, un final que tal vez Pessoa quiso premeditadamente dejar de escribirnos.

Tal vez pase allí la Nochevieja de 2019 … con Zetacé.

Hasta otra. Un abrazo. Justito El Notario. @justitonotario


 

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