Casa Lucio, Madrid (tres visitas)

 

Cuando era niño iba con mis padres a comer a Lucio de vez en cuando. “De mayor” solo he ido tres veces (que yo recuerde).

La primera de esas dos fue ya hace unos cuantos años. Fuimos con otra pareja de esas que son de cenar poco y que no son disfrutones en un buen restaurante, así que entre los “no tenemos hambre“, los “somos de cenar poco”, los “a ver si será mucho” o los “nos van a pegar un polvo” me quedé con tres palmos de narices y juré que algún día volvería a Lucio a ponerme hasta las trancas.

Años después hubo oportunidad para una segunda visita.

Al entrar en el local hay una pequeña cola para ubicarte en una mesa. En la barra caben unas seis personas y hay un par de mesas altas. Además hay otra mesa para seis y un par de ellas más hasta la pared del fondo. A partir de ahí ya no se divisa nada.

A cada poco comparece un camarero que pregunta “¿tienen ustedes reserva?” y que te deja allí esperando.

En poco tiempo nos tocó el turno y traspasamos la zona de entrada. Fuimos a la derecha, luego otra vez a la derecha, traspasamos un comedor, subimos unas escaleras con dos tramos, y aparecimos en otro comedor de bastante peor aspecto que el de abajo. En ese comedor de nuevo torcemos otra vez a la derecha y allí nos encontramos con dos filas de mesas, unas contra las ventanas y otras contra la pared. La nuestra está contra la pared. “No te sientes ahí Justito, que no vas a caber”, me dice mi mujer. Así que me siento en el otro lado de la mesa.

Tuve la sensación de que estamos clasificados por castas. La casta noble, los conocidos y habituales o los que se saben el truco, están abajo; el resto de mortales en el comedor de arriba. Arriba es peor que abajo y ni ofrecen el guardarropa. “Ponga usted el abrigo en la silla”.

El camarero que nos atendió abajo nos deja con el camarero de arriba. Es un grandullón parecido a aquel que le decía “Papito” a Luis Ciges en “El milagro de P. Tinto”. El tipo no esbozó más allá de una forzada sonrisa en algún momento; ni solo un comentario agradable en toda la cena. Todo completamente mecanizado. La mesa ramplona y las sillas incómodas. La vajilla estaba desgastada. Nada merecía destacarse. Casi me entran ganas de irme. Ni me traen, ni me ofrecen, la carta de vinos. Cuando el vino llega, pedimos una copa más apropiada y traen una tan vulgaris como la que ya teníamos para disfrutar de un joven reserva que costaba treinta pavos. En cambio, a los jóvenes ingleses de la mesa de al lado, que han sido recibidos muy amablemente, les ponen una copa decente.

Pedimos los famosos huevos y repetimos, también pedimos unas anchoas pues le gustan mucho a mi hijo. Luego un escalope y el jarrete de ternera. No niego que los huevos sean geniales, las patatas también y la cocina cuide este plato, pero no olvidemos que son simples “huevos con patatas”. Se come mejor en algunos restaurantes de la A6, allá por tierras castellanas o leonesas, que en Casa Lucio, me quedé pensando aquel día y ese jarrete lo hago yo mejor en mi casa. Me pareció ácido y las patatas ni las terminé. En la carta de postres solo les faltaba poner el pijama.

Al final estaba deseando irme. Me sentía incómodo. Me dijeron que estaba sobrevalorado y que era caro pero es mucho peor que eso … pensé en que no volvería nunca más. Francamente es un mérito que sigan teniendo el local casi lleno a estas alturas pero me quedé pensando en que vivían de las rentas.

 

Sin embargo, he vuelto en 2026. Fui invitado y cuando no pagas las sensaciones pueden ser bien distintas. Nos hicieron esperar en la puerta tomando una cerveza pero el camarero estaba empeñado en situarnos abajo. Debimos parecerle gente importante, así que tras esperar un buen rato, nos acomodaron en una fantástica mesa redonda de la planta baja.

No teníamos prisa pero tardaron en tomar la comanda. Nos inclinamos por compartir las croquetas (bastante vulgaris para mi gusto), los huevos (buenísimos como siempre) y unos espectaculares callos. Para los segundos hubo un poco de todo y todo con buenísima pinta. Mi lindante por la derecha y yo nos dimos a la carne tártara (steak tartar al gusto de picante). Los he probado mejores. También hubo rabo de toro, rape y bacalao, que ahora recuerde. Todos los platos tenían una pinta espectacular. El vino de la casa era un conocido Rioja reserva (ahora no me acuerdo del nombre). Para terminar compartir algún postre clásico, cafés y pacharanes.

Iba invitado así que no sé cuanto zurraron. Los camareros de esta planta estuvieron profesionales pero quizá algo serios.

 

No creo que haya una cuarta visita, salvo que me vuelvan a invitar aunque es de justicia decir que he cambiado mi visión después de esta tercera visita.

 


Hasta otra. Un abrazo. Justito El Notario. @justitonotario



 

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