palacio real de Aranjuez

Cena en “Casa Pablo”, Aranjuez, con una misión “abortada” previa, y dormida en el “Hotel El Cocherón, 1919”

 

 

Hacía muchísimo tiempo que no pasaba por Aranjuez. La última vez fue para buscar una farmacia. Mis amigos Pedro Palacios y Josechu y yo volvíamos del Cañón del Río Lobos donde habíamos sufrido una intoxicación alimentaria considerable (menuda noche entrando y saliendo de la tienda de campaña) a causa de una lata de mejillones (a la que sometimos a condiciones extremas antes de comérnosla) y tuvimos que hacer un alto en el camino para comprar algún medicamento que contuviera nuestro padecer.

En esta reciente ocasión de hace pocos días, íbamos camino de un evento en un pueblo cercano. Tras alojarnos en el estupendo Hotel El Cocherón 1919 (del que luego hablo), nos fuimos a dar una vuelta antes de la cena que teníamos reservada en un sitio al que iba cuando era niño con mis padres y hermanos. Entonces vivía en Madrid y mi padre tenía su notaría en la provincia de Toledo.

En nuestro paseo pasamos por el jardín de Isabel II, por la Plaza de la Mariblanca donde está la fuente del mismo nombre y, al fondo de la plaza, por la Capilla de San Antonio a la que entramos aunque no la vimos mas que desde el la puerta puesto que se celebraba en ese momento una misa. Después llegamos hasta el Palacio Real, ya a punto de cerrar, recorriendo las Plazas Parejas, el Jardín de la Isla, desde donde divisamos el Tajo, y el Jardín del Parterre.

Tras la zona monumental nos fuimos hacia la Plaza del Ayuntamiento, donde está el Mercado de Abastos, y justo entonces tuvimos la imperiosa necesidad de tomarnos una cerveza. A escasa distancia del Ayuntamiento se encuentra Casa Pablo. Ya habíamos encaminado nuestros pasos hacia el restaurante donde teníamos previsto cenar y, sin duda, fue una suerte encontrarnos con Casa Pablo. Nos despachamos en envite inicial de la noche con una doble ronda de copas de cerveza, un par de gildas y media ración de un exquisito salpicón (menuda media, ya las quisiéramos por estos lares). Nos costó marcharnos al sitio que habíamos reservado.

Nuestra idea inicial fue sentarnos en una mesa alta de las de fuera del local pero viendo que nadie salía a atendernos nos fuimos hacia el interior donde se estaba muy fresco.

Agradable interior, con ambiente taurino y sus pizarras con la oferta de vinos, tapas y raciones, y opción de situarse en alguna de las mesitas altas contiguas a la barra, en la propia barra o en alguna de las repisas de los laterales del local. A la izquierda la puerta de entrada al comedor en el que, y aun no lo sabíamos, íbamos a acabar cenando.

 

 

Volvimos después de un rato a la calle para dirigirnos al restaurante donde habíamos decidido cenar. El centro de Aranjuez es muy paseable, incluso al margen de la zona monumental. Edificios de dos pisos por lo general, manzanas cuadriculadas y un buen ambiente y comercio.

Llegados al restaurante elegido nos emplazaron en la zona que yo había pedido al reservar. Nos trajeron las cartas y, en tanto decidíamos, el camarero nos preguntó por la bebida. Como ya habíamos tomado dos cervezas, decidimos pasar directamente al vino. “¿Nos puede traer la carta de vinos?” De entrada ya le pudo sorprender la petición al camarero, pero la trajo. Las referencias de blanco eran de los mas clásico que uno que beba vino pueda imaginarse y además solo había cinco o seis vinos a lo sumo. No sabiendo qué pedir, le dije: “Pues, traiganos un Barbadillo. ¿Barbadillo?, contestó extrañado. Mas extrañado aun, le respondí: “Sí, Barbadillo. Al poco volvió el camarero y nos dijo: “No tengo Barbadillo“. “¿Y no tiene alguna cosa que no esté en la carta? ¿Algún Albariño?” Sí, pero no me acuerdo de cómo se llaman; “tienen nombres muy raros”, dice.

En ese momento, el camarero se fue a buscar los vinos y en el poco tiempo que tardó en volver decidimos que nos íbamos. De vez en cuando ocurre. Uno sale escopetado de algún sitio y, a veces, se trata de un restaurante en el que uno detecta que no va a quedarse a gusto comiendo o cenando allí. Así que nos levantamos y sin echar la vista atrás salimos del local y nos volvimos a Casa Pablo.

De nuevo allí, nos sentamos en el comedor en el que nos atendió un simpático camarero que nos sirvió un vino blanco francés que no estaba mal y que acompañamos con una cena contundente: percebes (100 gramitos), tamaño “carallo de home”; espárragos blancos fríos con mayonesa (que no había en el otro sitio); un atún estofado al estilo de Barbate que estaba espectacular y una ración de rabo de toro con patatas fritas (no pudimos con la ración que incluía tres trozos de rabo). De postre, claro, las fresas, con la nata separada y un chupito  (bueno, en realidad cayeron dos) de licor café.

Después, muy satisfechos, regresamos al hotel.

Estuve dudando entre el NH y el Hotel El Cocherón 1919 y me quedé con este último porque tenía muy buen precio y porque las fotos y comentarios en Booking pintaban muy bien.

Está céntrico y situado en un edificio de un par de plantas que por fuera no presagia lo que hay dentro. Por fuera es un edificio normal con aspecto corriente (aunque perfectamente cuidado).  A mi no me pareció tan antiguo como me dijeron en recepción al hacer el check-out al día siguiente. Por dentro es un hotel con encanto (con mucho encanto), con cuidada decoración rústica pero de corte moderno (no tipo casa de labranza o cortijo). Ese estilo lo comparten las zonas comunes, el patio tipo corrala y las habitaciones con sus puertas antiguas, sus suelos, sus cortinas, sus espartos y sus telas, conformando todo un conjunto singular que no se presagia desde fuera y que no esperas en un hotel de una población como Aranjuez.

Yo diría que estaba lleno y fuimos de los últimos en ponernos en marcha al día siguiente tras desayunar estupendamente atendidos por la dueña. Muy recomendable. No lo dejen pasar si van por la Real Villa y Sitio de Aranjuez.

 

 

Hasta otra. Un abrazo. Justito El Notario. @justitonotario




 

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