A quienes nos gusta el Manducare, acertar con el restaurante no es un detalle menor: forma parte del viaje tanto como el hotel o las visitas. Una buena elección puede convertir una comida en una parte fundamental de un viaje. Suele ocurrir en los viajes que la impaciencia del grupo y la suerte son determinantes del resultado, junto con la exigencia del personal, que suele conformarse con ese habitual comer algo, que a mí tampoco me satisface, puesto que llevo dieciocho años comiendo en la mesa de mi despacho de lunes a viernes y cuando salgo me gusta mantel y servilleta de tela y una mesa bien puesta.
Turín
Escribí aquí y aquí sobre lo mucho que nos gustó (y sorprendió) Turín. Lo visitamos en septiembre de 2024.
Cena primera noche: La Trattoria. Pedimos de más, pero estaba todo muy bueno y el sitio era agradable. Acertamos entre los que estaban más cerca del hotel. Había un bistró muy cerca que también pintaba bien. Curiosamente, si hubiéramos salido del hotel en dirección contraria, nos hubiéramos encontrado muchos más sitios, pero el vuelo llegó tarde y no teníamos tiempo para más búsquedas.
Comida segundo día: Optamos por un mercado gastronómico por el que habíamos pasado dando un paseo, pero cuando llegó la hora de comer estaba poco concurrido y con escasa variedad de cosas interesantes, aunque la pasta que tomamos estaba muy buena. Creo que el Aperol nos cambió la perspectiva.
Cena segundo día: Había reservado días antes en Magazzino 52. La referencia me la dio el gran Vitty Fanjul que es gourmet extraordinario y fue un rotundo éxito en todos los sentidos.
Comida tercer día: Buscamos una pizzería interesante, pero no la encontramos y al final entramos a una osteria que estuvo bien, salvo por unos aperitivos muy flojos que deslucieron el conjunto. Un par de calles antes vimos un pequeño restaurante muy recomendado en la Routard, pero estaba casi lleno y, aunque había mesas ya desocupadas, no nos cogieron. Seguro que luego entró alguno que sí tuvo la suerte de comer.
Cena tercer día: Paseando por la ciudad reservamos en un restaurante de comida siciliana para la cena, al que finalmente no fuimos. Parecía un sitio de un cierto nivel, pero comimos más de la cuenta y ya no nos apeteció ir, aunque acabamos saliendo y avanzamos por el Quadrilatero, llegando a una calle muy concurrida en la que elegimos uno que pintaba bien, en el que nos dimos a la pizza y la focaccia. Fue correcto, pero muy pesados. Volvimos al hotel por otra calle y, al doblar una esquina, entramos en una plaza a reventar de gente y con unos cuantos sitios interesantes, mucho más que el que habíamos elegido. Otra cosa que suele pasar habitualmente.
Y con eso queda cerrada Turín: acertamos cuando fuimos con referencia clara (Magazzino 52) y tuvimos suerte con La Trattoria. El resto no pasará a la historia de los grandes homenajes gastronómicos internacionales ni los recomendaría (entre otras cosas porque no recuerdo ni los nombres…). Si quieren más detalles, pinchen los enlaces.
Bucarest
En noviembre nos fuimos a Bucarest.
Nuestro vuelo llegaba a las 22:20. La cena se presentaba complicada. Un rato para las maletas, otro para el transfer, otro para el checking, subir a la habitación y lanzarse a la calle… Pero era Halloween y Bucarest esconde una sorpresa: se puede comer desde la mañana hasta bien entrada la noche y estábamos en el Old Town, donde bares, garitos y restaurantes se suceden uno tras otro.
Eran casi las doce de la noche, así que al segundo o tercero que vimos nos sentamos. Un sitio cualquiera en el que llenamos la barriga y poco más. Lástima no haber seguido intentando buscar algo interesante. La hora y el desconocimiento de la ciudad fueron los culpables. La temperatura era muy buena y se estaba bien en la terraza, lejos de las estufillas. Eso sí, el humo del tabaco era casi insoportable. Se fuma aún mucho en Rumanía. El ambiente de la noche de difuntos hizo el resto y nos tuvo entretenidos todo el rato, aunque el sitio no pasaba de correctito. Un par de platos típicos y cerveza a buen precio. Luego paseamos y vimos lo cerca que estaba el famosísimo Caru cu Beru, donde tuve reservado para el sábado y cancelé porque no terminaba de convencerme. Teniendo en cuenta que hemos estado en un famoso que nos decepcionó y en dos restaurantes recomendados que han resultado muy bien, creo que superaré no haber ido a Caru cu Beru.
Comida segundo día: Elegimos el otro famoso (Hanu’ lui Manuc) y supongo que no acertamos con los platos. Sitio muy agradable, pero la tabla de companajes y quesos era floja (será lo que tienen allí) y la zumaca no dejaba de ser una escalibada con muy poca gracia.
Cena segunda noche: Escogí el sitio buscando semanas antes un restaurante que cerrara tarde. Pasamos a pie por la mañana y desde fuera no me convenció del todo, pero luego fue un rotundo éxito. Se llama Lacrimi și Sfinți. Es de cocina rumana reinterpretada (pero sin pasarse nada), más moderna y menos folclórica. Sitio grande, bonito y bien de precio. Muy recomendable.
Comida tercer día: Lo intentamos en la zona del mercado, donde había algunos sitios (alguno con cola, aunque creo que era comida para llevar), pero estábamos a pocos minutos del Old Kitchen y fuimos pensando que, si estaba en el quinto pino, no habría mucha gente por allí, pero estaba todo reservado para la mañana y la noche. Así que nos fuimos a Calea Victoriei, donde junto al Pasaje de los Paraguas había otro pasaje con un bistró que no tenía mala pinta y en el que, otra vez, puede que no eligiéramos bien. De nuevo me molestó el humo del tabaco de la mesa contigua.
Cena tercera noche: Al dejar el restaurante de la comida continuamos por Calea Victoriei y de nuevo empezaron a aparecer sitios que te gustaban más que el elegido. Alguno tenía quesos y mortadelas y similares, pero ya era tarde. Nos dimos una vuelta por los alrededores del Ateneo y allí, en la misma calle, están los tres restaurantes de Joseph Haddad: Joseph, X y Mace. Intentamos reservar en el primero y estaba completo. El segundo no lo vimos y había sitio en la terraza cerrada del tercero (en la que, gracias a Dios, no se podía fumar). Fabulosa la cena y una pega: comed o cenad mejor dentro si tenéis la opción.
En las copas, acertamos yendo al Pasajul Macca y a la confitería Capșa (elegante, aunque decadente y concurrida). En ambos casos optamos por sendos aperoles.
Así que: dos fantásticos, dos correctos y un toque decepcionante para el famoso, que es un sitio que por su patio y edificación circundante merece la pena visitar.
¿Y el precio? ¿Es barata Rumanía o, concretamente, Bucarest? Bueno, es más barata que España. Eso está claro. Pero en los restaurantes pagamos 31, 64, 119 y 137 euros (no tengo el dato del de la comida del segundo día porque pagué en cash). O sea, que comer en sitios buenos y con buen vino no es una ganga. Por cierto, hay mucha gente que habla español.
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El vuelo desde Alicante son 3 horas y 50 minutos.
Y así quedó Bucarest: con humo, con aciertos y con la sensación de que siempre hay un sitio mejor a la vuelta de la esquina.
En otra ocasión habrá que probar Halloween en Transilvania.
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El blog de Justito El Notario Nihil prius fide & nihil prius manducare





